ORATORIA
CONTEMPORANEA – Horacio Di Bártolo
MANEJO DE IMPREVISTOS
Todo orador ha tenido que enfrentarse con situaciones inesperadas y
anormales en algunas oportunidades.
Es necesario saber afrontarlas con altura, estar preparado para que
cuando ocurran no desluzcan o destruyan el esfuerzo que representó la
preparación de una conferencia.
Personalmente, como organizador de numerosos cursos de posgrado en mi
especialidad, recuerdo muchas de esas ingratas circunstancias. Pero
especialmente tengo grabadas las reacciones que el inesperado inconveniente
provocó en el invitado de turno. Quisiera rescatar de mis recuerdos la actitud
de mi amigo el Dr. Eduardo de la Riega, invitado a hablarnos de cardiopatías
congénitas. En un momento de su disertación se cayó el pizarrón sobre su pie
mientras escribía. La charla continuó, sin manifestar el orador el malestar que
sin duda lo acompañó, hasta que más tarde pudimos aliviarlo al inmovilizar el
pie por una fractura de un hueso del metatarso.
En otra oportunidad recuerdo que invitamos al Dr. Marcelo Arias, de
Córdoba, a participar en nuestros cursos con un tema en el que se le reconocía
la máxima experiencia. El orador llegó a las 10.30 en avión para hablarnos a
las 11 hs. y regresar a las 13 hs. Su clase estaba perfectamente armada sobre
la base de diapositivas aclaratorias. Falló mi proyector. Serenamente el Dr.
Arias comprendió la situación inesperada y replanteó su clase que fue de todos
modos brillante. Pero más brillante aun fue su actitud frente al imprevisto.
Por supuesto, también recuerdo todo lo malo que a veces he visto en las
airadas reacciones del orador de turno, frente a circunstancias imprevisibles.
Pero ¿para qué traerlas si es mejor olvidarlas?
El consejo que vale, y debe quedar impreso en nuestro espíritu es:
frente al imprevisto:
SERENIDAD,
COMPRENSIÓN, REPLANTEO
Seguramente así nadie va a desesperar y todos agradecerán su paciencia.
Sobre todo cuando, como en estos casos, nadie tiene la culpa. Reorganicemos la
charla, y puede llegar a sorprendernos la aprobación con que el público
agradece nuestro esfuerzo.
Otras veces es alguien del público, inocente responsable de una
inoportuna interrupción: un radiomensaje que suena con fuerza, una persona que
busca a alguno de los presentes en el auditorio, una crisis de estornudos o de
tos, un niño que llora o corre por el pasillo, un fotógrafo imprudente, etc.
En estos casos la premisa es:
NUNCA
COMPITA CON RUIDOS NI INTERRUPCIONES
Es natural que si sus nervios lo traicionan y muestra su impaciencia, el
público vuelque su simpatía hacia aquel que involuntariamente lo interrumpió.
No haber sabido manejar la situación, puede llevar al fracaso su conferencia.
En la mayoría de los casos un orador experimentado simplemente hará una pausa
hasta que termine la interrupción. Nunca continuará su charla cuando haya
perdido la atención del público.
En otras circunstancias, muy frecuentes en la actividad política y aun
en la docente, uno debe encontrarse con individuos que piensan diferente o
enfocan de otra manera el problema que el orador plantea. Hemos vivido o
presenciado muchas veces esta situación. Y hemos vivido también distintas
formas de reacciones. Todos sabemos que la discusión violenta no conduce a nada
y solo crea resentimientos. También genera violencia la aplastante superioridad
de uno de los que se enfrentan en sus opiniones sobre otro. En general, por un
fenómeno típico de la conducta humana, el auditorio se sitúa de parte del que
pertenece a su grupo. Este último se trasforma en una suerte de
"delegado" que por tal carácter debe ser atendido. Según sea el
comportamiento del orador, así será la reacción del público. Se pondrá de su
parte o quedará predispuesto para la controversia. En este caso cada nueva
interrupción resultará más agresiva, y hará más difícil el desarrollo de la
reunión.
Cuando la interrupción se produce, debe ser atendida con aplomo, con
expresión atenta. La respuesta debe ser franca, pero considerada con el
interlocutor. Cabe analizar con cuidado la postura de quien disiente, buscando
algo positivo en su aporte o comentario. Y después expresarse con sinceridad,
"amortiguando" la posibilidad de una violencia, manifestando los puntos
de acuerdo y desacuerdo, pero siempre con respeto y consideración por el
pensamiento ajeno.
Quizás ayude a manejar la situación una frase tan simple como:
USE:
SI,
PERO...
ESTOY
DE ACUERDO PARCIALMENTE...
Invariablemente el público sabe leer esta actitud, y responde sin
preconceptos apoyando a uno o a otro de acuerdo con sus conocimientos o
sentimientos.
Y todos, usted, su interlocutor ocasional y el público, podrán
capitalizar una situación potencialmente comprometida.
En algunas circunstancias, felizmente las menos, pueden surgir
interrupciones o preguntas en las que se pone de manifiesto una franca
hostilidad con el orador
RECONOZCA
LA PREGUNTA HOSTIL Y APRENDA A MANEJARLA
Por si alguna vez nos toca enfrentar esa violencia, quisiera
trasmitirles mis consejos, muchos de ellos aprendidos con mis propios errores,
y otros recogidos de la experiencia de distintos autores y algún acierto
personal
- No suponga que todas las interrupciones son hostiles
- Sea capaz de decir "No sé". No invente y no mienta
- Anticípese a las preguntas difíciles
- Cuente con apoyos concretos en bibliografía y estadística
- Trate de ser empático con quien interrumpe
- Pídale ayuda. Es probable que quiera decir algo
Finalmente, si su actitud es abiertamente agresiva, póngalo en
evidencia.
- Pregunte porqué lo dice o lo pregunta
- Someta la opinión hostil a juicio del auditorio
AJUSTE DEL TIEMPO
¿Cómo se organiza en general una conferencia? Habitualmente surge de una
inquietud. Un determinado grupo humano –en el Club, en la empresa, en el
Hospital– manifiesta al organizador el interés de recibir información sobre un
tema específico. El organizador conciente de su responsabilidad, buscará a la
persona más autorizada a su alcance para ofrecerle la tribuna. Y allí se inician
las conversaciones. El elegido agradece la distinción de que ha sido objeto, y
comienza a ultimar los detalles: día, hora, lugar, tipo de auditorio, tiempo y
tema. Todo es conversable en este primer acercamiento. Se puede casi siempre
conciliar la fecha, adaptándola a las posibilidades y sobre todas las cosas se
puede conversar sobre la factibilidad de desarrollar un tema en el tiempo
previsto. Nadie mejor que el experto puede informarnos si debe haber una
modificación, corte o límite en el mismo.
Por ejemplo: en los primeros meses de este año, y a sugerencia de las
numerosas familias con hijos que habitan en el mismo predio donde tengo mi
casa, invité a la médica psiquiatra Dra. Mónica Oliver a que nos diera una
charla sobre los conflictos emocionales de los niños en las distintas etapas de
su infancia. La doctora aceptó complacida la invitación, pero me sugirió
limitar el tema a una determinada edad o multiplicar las charlas para abarcar
todas las edades del niño. Hasta ese momento nosotros solo habíamos recibido
invitados para conferencias unitarias. Pero planteado así el problema entre
todos resolvimos preguntarle cuántas charlas serían necesarias para satisfacer
nuestras inquietudes. La doctora nos sugirió cuatro pláticas, una por semana,
que abarcarían al niño en el 1er. año de vida, al niño en edad preescolar, al
niño en edad escolar y pubertad y adolescencia. Fue entonces un curso, no ya
una conferencia, pero la Dra. Oliver a través de su experiencia colmó con
creces nuestras expectativas, y sus charlas fueron altamente provechosas para
los padres de los niños de distintas edades. Para todos fue fácil comprender
que hubiera sido un despropósito pretender abarcar todo en una sola sesión.
Quien no conoce el Museo del Vaticano puede ser que le pida a un guía
que se lo muestre en una mañana, cuando quizás no lo lograría en una semana.
Con seguridad un guía responsable hará más placentera y útil la experiencia
sugiriéndole al visitante que le indique su especial interés, y dedicando al
mismo las pocas horas que dispone.
Esto es válido para todo el tema, ya se trate de una discusión
parlamentaria, una clase en la Universidad, o una conferencia de arte moderno.
Antes de aceptar su compromiso, usted debe limitar o seleccionar su tema y
reducirlo a la extensión conveniente para ajustarse al tiempo que dispone. No
se equivoque. Si pretendió mucho, abarcará poco, defraudando a quien lo
escuche.
Por las razones expuestas, aconsejamos en forma de premisa:
LIMITE
SU TEMA
La conferencia, o su bosquejo en ideas debe escribirse según hemos visto
en el capítulo de planeamiento. Entonces viene el momento de practicarla,
leyéndola primero en voz alta y repitiéndola después con sus palabras, según el
orden establecido. Sincronice en ese momento si su trabajo se ajusta al tiempo
previsto. No olvide calcular los minutos que lleva el uso de los apoyos
visuales.
A propósito de esto, tengo como muy grato el recuerdo de una conferencia
que nos dio el Dr. Elías Alterman hace unos años. Cuando hablé con Alterman
para invitarlo, le conté de nuestro curso de oratoria, y le anticipé que íbamos
a evaluarlo con nuestro "score" para rescatar todo lo positivo que
seguramente sacaríamos de la forma de desarrollar su plática. Lo que ocurrió
fue que este eximio docente trajo su charla tan organizada y clara, que cuando
promediaba la misma proyectó entre sus diapositivas una que decía "mitad
de la conferencia", e hizo la aclaración que como sabía que estábamos
juzgándolo quería ajustarse estrictamente al tiempo que se le había asignado.
Esta simpática ocurrencia de Alterman nos permitió comprobar con cuánto
respeto y dedicación había preparado el tema "radiología ósea", que
fue por otra parte, el mejor ejemplo de elocuencia didáctica que recibimos en
todo el año.
Según hemos visto, la conferencia consta de tres partes: introducción,
cuerpo y conclusiones. Como veremos, cada una de ellas es igualmente
importante, aunque se le destine diferente tiempo cronológico. La introducción
y las conclusiones juntas, son de corta duración, mucho más breves que el
cuerpo.
Es necesario tener presente que quien vino a escucharlo cerrará su mente
en el tiempo previsto. Todos tenemos mucho que hacer. Nuestro tiempo está casi
siempre cronometrado, y si disponemos de 19 hs. a 20 hs. para escuchar una
conferencia, a las 20,05 hs. empezaremos a preguntarnos a qué hora se callará
el disertante y si no será mejor retirarse subrepticiamente del salón. Aunque
no lo hagamos, estaremos ya mal predispuestos para atender. Y probablemente
perderá el orador a su público en el momento tan importante de las
conclusiones, cuando se dispone a redondear su conferencia, puntualizando las
premisas de real y positivo valor, extraídas de las ideas desarrolladas.
Si debe terminar a las 20, cierre su conferencia cinco minutos antes,
sorprenderá agradablemente a su auditorio, y lo encontrará complacido de
participar en el tema, aportando su inquietud y su experiencia.
Cualquiera de nosotros puede recordar excelentes conferencias que nos
dejaron con ganas de seguir escuchando. Y seguramente nos olvidamos otras
disertaciones interminables, en las que parece que el orador va a concluir
cuando realiza una pausa y resulta que no es así, que continúa sin mirar el
reloj, martirizando a los pocos oyentes que no abandonan la sala por un
principio de elemental delicadeza.
Una buena práctica será que el disertante coloque sobre la mesa su reloj
para controlar la duración de la conferencia, teniendo cuidado de consultar con
toda discreción, para terminar la exposición en el tiempo previsto.
También es cierto que hubo oportunidades –las menos– en que nuestros
invitados ajustaron tan mal su tiempo, que se les acabó el tema a los veinte
minutos en una conferencia prevista para una hora. Pocas veces me sentí tan mal
como organizador del curso. Me imagino cómo se habrán sentido ellos sin nada
más que decir, cuando los más rezagados acababan de sentarse.
El ajuste del tiempo significa eso, ni más ni menos. Justamente lo que
estaba programado y esperado.
Cuando Michael Aun ganó el premio mundial de disertación pública que
otorga Toastmaster International de Vancouver en 1978, habló de su
descalificación previa en Toronto el año anterior, porque se excedió ¡8
segundos! en el tiempo asignado. Sin embargo aceptó humildemente su derrota anterior
al recibir este premio con una frase muy lograda: "He tenido que pasar por
Toronto para llegar a Vancouver".
CONCLUSIONES
La experiencia de un orador es más notable en el comienzo y en el final
de una conferencia. Sin duda son los momentos más importantes y más difíciles,
y también los más descuidados por los inexpertos.
Un final debe ser preparado con tiempo.
Dejémoslo como premisa.
EL
SILENCIO FINAL TAMBIEN SE PREPARA
Esta frase que no es mía, sino de uno de los autores consultados, es de
por sí muy elocuente. No se concibe que un orador termine sorpresivamente su
discurso y se retire. Esto puede resultar tan desagradable como abandonar una
reunión cortando una interesante conversación, sin despedirse.
En estos breves minutos de la conclusión se arriesga todo lo que pudo
haberse logrado en la exposición. Lo que suele ocurrirle al orador inexperto,
es que después de un gran esfuerzo de recopilación de datos y experiencia, y a
veces de un correcto planeamiento de la conferencia, deja librado a la
improvisación el cierre de la misma. Y es así cómo surgen los lugares comunes
que deslucen y le restan merecido brillo a la tarea realizada. "Bueno,
creo que no tengo nada más que decir …"; "Habría muchas cosas más que
decir, pero no tengo más tiempo …", etc. O si no otras veces nos damos
cuenta de que el orador terminó, por su mirada al director del curso o porque
abandona la tribuna sin más.
En una conferencia bien elaborada, la conclusión debe llegar cuando el
orador no tiene nada más que decir sobre el tema que se propuso abordar, y que
concientemente ha limitado hasta agotarlo. El público también debe entenderlo
así, aunque no se le anuncie que la conferencia ha terminado, y solo falta
enunciar la conclusión.
Por la habilidad del orador debe estar implícito el fin de la
conferencia, sin anunciarlo.
NO ES
NECESARIO ANUNCIAR QUE TERMINA NUESTRA CONFERENCIA
La conclusión o peroración no debe ser larga. Su valor radica en su
sencillez y claridad. Nunca debe dejarse para el final el aporte de un nuevo
pensamiento accesorio o complementario. Lo que no se dijo en su momento no se
puede decir en la conclusión.
Entiéndase. Esta parte tan importante de la conferencia merece especial
dedicación y respeto. Debemos terminar nuestra conferencia completamente, y
cuando ya nada quede por decir, es el momento de la conclusión. Al finalizar el
desarrollo del tema, el orador deberá hacer una pausa, anunciadora de la
peroración, y solo entonces decirla, teniendo cuidado que hasta el tono de su
voz denote el cambio.
No hay reglas fijas sobre la forma de elaborar la conclusión. Con la
conferencia terminada en toda su preparación, meditaremos el final apropiado,
poniéndonos en el lugar de quien nos escucha, en sus intereses, en sus
inquietudes, en sus emociones.
PARA
ELABORAR LA CONCLUSIÓN, CONVIÉRTASE EN EL AUDITORIO
Vamos a considerar algunos ejemplos posibles de conclusiones
Puede ser resumiendo lo dicho.
Comenzar por el fin, y repetir todo al final. Este principio lo vemos
permanentemente practicado por el periodismo moderno escrito o televisivo. Se
comienza con el resumen de lo que se va a decir, en pocas frases, se desarrolla
después ampliándolo y explicándolo, y se sintetiza lo dicho al final.
Muchos oradores, habituados a la expresión escrita, recusan la
repetición. En la expresión oral es indispensable. Repita sin temor, con fuerza
y se mostrará conciente y responsable, y ayudará a fijar en la mente de los
oyentes las premisas de valor que usted considera importante recalcar.
a) Puede ser agradeciendo o elogiando con sinceridad.
Mucho de lo que aquí decimos no es más que un ejercicio de sentido
común. Cuando hace casi cuarenta años me tocó viajar por la provincia de San
Luis, en un plan de docencia para el tratamiento de la deshidratación, muchos
de los médicos ya mayores que fueron a escucharnos, viajaron desde puntos muy
distantes, por caminos difíciles y dedicándonos esas horas que podían ser de
descanso de su fatigosa tarea de médico rural, a veces único en una vasta
región. La conclusión de mis charlas fue una emotiva reflexión sobre el valor
de su trabajo, y un sincero agradecimiento por haberme escuchado con atención y
respeto.
Ahora, después de tanto años, recuerdo esto que no es más que un ejemplo
de esta forma de conclusión que proponen los tratadistas modernos, y para la
que solo se necesitó pensar en el auditorio, sus intereses, problemas y
emociones.
b) Puede ser motivando a la acción.
Un final elaborado para llamar a la acción, lograr que el público haga
algo determinado: una donación, la firma de un petitorio, la declaración de un
plan de lucha, el compromiso de colaborar en un proyecto, etc.
Para motivar a la acción, debe haberse establecido primero un área
emocional común entre el orador y su auditorio. En este tipo de conclusión no
sirven los argumentos racionales que son útiles para la razón, pero no para la
acción, que se motiva en los sentimientos. "El corazón tiene razones que
la razón no comprende" (Pascal).
c) Puede ser con una cita o un ejemplo.
Sin duda esta idea es de valor. Naturalmente de acuerdo con las
circunstancias, puede ser positivo el cierre de un discurso o de una
conferencia con una frase vigorosa, una fórmula valiente o una cita elocuente a
propósito del tema.
Dentro de mis lecturas sobre oratoria, hace poco tiempo –septiembre del
97– leí con detenimiento el libro del Profesor Manuel Couto Rodríguez, y reparé
en unos esquemas sobre intensidad comunicativa, que me parecieron muy
interesantes.
Dice Couto Rodríguez:
"La intensidad es como una música de fondo oculta en la composición
de su discurso, que imprime dinamismo a su intervención".
El primer ejemplo es claramente desaconsejable.
En el segundo ejemplo se imprime un grado de intensidad medio - alto en
la introducción. Frases vivas, cortas, importantes (Shock técnico).
Se realiza una pausa.
Al iniciar el cuerpo de la disertación la intensidad disminuye. Ya tengo
conmigo al público interesado en el tema. Bajo el tono, disminuyo el ritmo.
Pretendo la concentración, pero evito el agotamiento de una atención extrema.
Observe en el tercer diagrama que en la línea de intensidad en que se
desarrolla el cuerpo hay unas cuñas (banderines). Rompen el ritmo y despabilan
a los oyentes. Puede ser una anécdota simpática o un dato espectacular, nuevo o
revelador.
Intente sorprender al público.
Acto seguido se retoma el ritmo anterior.
Y en el desenlace se sube al punto más alto de intensidad, notable hasta
en el tono de voz, los gestos, las frases cortas contundentes y brillantes.
Afirma Siegfried: "Hace falta mucho arte para terminar con una
fórmula que resuene netamente como una puerta al cerrarse".
Esta es sin duda la manera más profesional y efectiva de comunicar un
mensaje. Pero se necesita mucha práctica y experiencia.
El esquema número dos es también válido y más sencillo.
Se empieza con una introducción de intensidad media - alta.
Continúa con una intensidad media - baja.
Finaliza con una intensidad similar a la de la introducción.
Este esquema es más fácil, pero menos espectacular. Recomendable para el
principiante.
Como se puede observar, va "in crescendo".
Empieza con una intensidad media, y al final alcanza el nivel más
elevado.
Es el esquema más difícil, y requiere mucha práctica y ensayo. Es más
para una actuación que para una disertación.
El último esquema es el que debe evitarse.
La exposición que sigue este esquema se presenta sin fuerza. Se
desarrolla con monotonía, y termina sin entusiasmo. Está en contra de todas las
reglas de la oratoria actual. Pasó sin pena ni gloria. Nadie será capaz de
recordarla.
Como puede verse la importancia de la introducción, el cuerpo y la
conclusión es similar; pero la asignación en tiempo es totalmente distinta. Por
lo tanto la elaboración de la introducción y las conclusiones (solo el 20% del
tiempo) deben ser especialmente cuidadosas. Debe aprenderse casi de memoria,
concientizando según hemos visto en los esquemas, la importancia psicológica
que poseen. Hay una máxima antigua, que tiene plena vigencia en oratoria
contemporánea:
Discurso
mediocre + buen final = buen discurso
Buen
discurso + mal final = mal discurso
No hay comentarios:
Publicar un comentario