domingo, 2 de junio de 2013

Como lograr una buena conclusión

ORATORIA CONTEMPORANEA – Horacio Di Bártolo


MANEJO DE IMPREVISTOS

Todo orador ha tenido que enfrentarse con situaciones inesperadas y anormales en algunas oportunidades.

Es necesario saber afrontarlas con altura, estar preparado para que cuando ocurran no desluzcan o destruyan el esfuerzo que representó la preparación de una conferencia.

Personalmente, como organizador de numerosos cursos de posgrado en mi especialidad, recuerdo muchas de esas ingratas circunstancias. Pero especialmente tengo grabadas las reacciones que el inesperado inconveniente provocó en el invitado de turno. Quisiera rescatar de mis recuerdos la actitud de mi amigo el Dr. Eduardo de la Riega, invitado a hablarnos de cardiopatías congénitas. En un momento de su disertación se cayó el pizarrón sobre su pie mientras escribía. La charla continuó, sin manifestar el orador el malestar que sin duda lo acompañó, hasta que más tarde pudimos aliviarlo al inmovilizar el pie por una fractura de un hueso del metatarso.

En otra oportunidad recuerdo que invitamos al Dr. Marcelo Arias, de Córdoba, a participar en nuestros cursos con un tema en el que se le reconocía la máxima experiencia. El orador llegó a las 10.30 en avión para hablarnos a las 11 hs. y regresar a las 13 hs. Su clase estaba perfectamente armada sobre la base de diapositivas aclaratorias. Falló mi proyector. Serenamente el Dr. Arias comprendió la situación inesperada y replanteó su clase que fue de todos modos brillante. Pero más brillante aun fue su actitud frente al imprevisto.

Por supuesto, también recuerdo todo lo malo que a veces he visto en las airadas reacciones del orador de turno, frente a circunstancias imprevisibles. Pero ¿para qué traerlas si es mejor olvidarlas?

El consejo que vale, y debe quedar impreso en nuestro espíritu es: frente al imprevisto:

SERENIDAD, COMPRENSIÓN, REPLANTEO

Seguramente así nadie va a desesperar y todos agradecerán su paciencia. Sobre todo cuando, como en estos casos, nadie tiene la culpa. Reorganicemos la charla, y puede llegar a sorprendernos la aprobación con que el público agradece nuestro esfuerzo.

Otras veces es alguien del público, inocente responsable de una inoportuna interrupción: un radiomensaje que suena con fuerza, una persona que busca a alguno de los presentes en el auditorio, una crisis de estornudos o de tos, un niño que llora o corre por el pasillo, un fotógrafo imprudente, etc.

En estos casos la premisa es:

NUNCA COMPITA CON RUIDOS NI INTERRUPCIONES

Es natural que si sus nervios lo traicionan y muestra su impaciencia, el público vuelque su simpatía hacia aquel que involuntariamente lo interrumpió. No haber sabido manejar la situación, puede llevar al fracaso su conferencia. En la mayoría de los casos un orador experimentado simplemente hará una pausa hasta que termine la interrupción. Nunca continuará su charla cuando haya perdido la atención del público.

En otras circunstancias, muy frecuentes en la actividad política y aun en la docente, uno debe encontrarse con individuos que piensan diferente o enfocan de otra manera el problema que el orador plantea. Hemos vivido o presenciado muchas veces esta situación. Y hemos vivido también distintas formas de reacciones. Todos sabemos que la discusión violenta no conduce a nada y solo crea resentimientos. También genera violencia la aplastante superioridad de uno de los que se enfrentan en sus opiniones sobre otro. En general, por un fenómeno típico de la conducta humana, el auditorio se sitúa de parte del que pertenece a su grupo. Este último se trasforma en una suerte de "delegado" que por tal carácter debe ser atendido. Según sea el comportamiento del orador, así será la reacción del público. Se pondrá de su parte o quedará predispuesto para la controversia. En este caso cada nueva interrupción resultará más agresiva, y hará más difícil el desarrollo de la reunión.

Cuando la interrupción se produce, debe ser atendida con aplomo, con expresión atenta. La respuesta debe ser franca, pero considerada con el interlocutor. Cabe analizar con cuidado la postura de quien disiente, buscando algo positivo en su aporte o comentario. Y después expresarse con sinceridad, "amortiguando" la posibilidad de una violencia, manifestando los puntos de acuerdo y desacuerdo, pero siempre con respeto y consideración por el pensamiento ajeno.

Quizás ayude a manejar la situación una frase tan simple como:

USE:
SI, PERO...
ESTOY DE ACUERDO PARCIALMENTE...


Invariablemente el público sabe leer esta actitud, y responde sin preconceptos apoyando a uno o a otro de acuerdo con sus conocimientos o sentimientos.

Y todos, usted, su interlocutor ocasional y el público, podrán capitalizar una situación potencialmente comprometida.

En algunas circunstancias, felizmente las menos, pueden surgir interrupciones o preguntas en las que se pone de manifiesto una franca hostilidad con el orador

RECONOZCA LA PREGUNTA HOSTIL Y APRENDA A MANEJARLA

Por si alguna vez nos toca enfrentar esa violencia, quisiera trasmitirles mis consejos, muchos de ellos aprendidos con mis propios errores, y otros recogidos de la experiencia de distintos autores y algún acierto personal

- No suponga que todas las interrupciones son hostiles
- Sea capaz de decir "No sé". No invente y no mienta
- Anticípese a las preguntas difíciles
- Cuente con apoyos concretos en bibliografía y estadística
- Trate de ser empático con quien interrumpe
- Pídale ayuda. Es probable que quiera decir algo

Finalmente, si su actitud es abiertamente agresiva, póngalo en evidencia.

- Pregunte porqué lo dice o lo pregunta
- Someta la opinión hostil a juicio del auditorio


AJUSTE DEL TIEMPO

¿Cómo se organiza en general una conferencia? Habitualmente surge de una inquietud. Un determinado grupo humano –en el Club, en la empresa, en el Hospital– manifiesta al organizador el interés de recibir información sobre un tema específico. El organizador conciente de su responsabilidad, buscará a la persona más autorizada a su alcance para ofrecerle la tribuna. Y allí se inician las conversaciones. El elegido agradece la distinción de que ha sido objeto, y comienza a ultimar los detalles: día, hora, lugar, tipo de auditorio, tiempo y tema. Todo es conversable en este primer acercamiento. Se puede casi siempre conciliar la fecha, adaptándola a las posibilidades y sobre todas las cosas se puede conversar sobre la factibilidad de desarrollar un tema en el tiempo previsto. Nadie mejor que el experto puede informarnos si debe haber una modificación, corte o límite en el mismo.

Por ejemplo: en los primeros meses de este año, y a sugerencia de las numerosas familias con hijos que habitan en el mismo predio donde tengo mi casa, invité a la médica psiquiatra Dra. Mónica Oliver a que nos diera una charla sobre los conflictos emocionales de los niños en las distintas etapas de su infancia. La doctora aceptó complacida la invitación, pero me sugirió limitar el tema a una determinada edad o multiplicar las charlas para abarcar todas las edades del niño. Hasta ese momento nosotros solo habíamos recibido invitados para conferencias unitarias. Pero planteado así el problema entre todos resolvimos preguntarle cuántas charlas serían necesarias para satisfacer nuestras inquietudes. La doctora nos sugirió cuatro pláticas, una por semana, que abarcarían al niño en el 1er. año de vida, al niño en edad preescolar, al niño en edad escolar y pubertad y adolescencia. Fue entonces un curso, no ya una conferencia, pero la Dra. Oliver a través de su experiencia colmó con creces nuestras expectativas, y sus charlas fueron altamente provechosas para los padres de los niños de distintas edades. Para todos fue fácil comprender que hubiera sido un despropósito pretender abarcar todo en una sola sesión.

Quien no conoce el Museo del Vaticano puede ser que le pida a un guía que se lo muestre en una mañana, cuando quizás no lo lograría en una semana. Con seguridad un guía responsable hará más placentera y útil la experiencia sugiriéndole al visitante que le indique su especial interés, y dedicando al mismo las pocas horas que dispone.

Esto es válido para todo el tema, ya se trate de una discusión parlamentaria, una clase en la Universidad, o una conferencia de arte moderno. Antes de aceptar su compromiso, usted debe limitar o seleccionar su tema y reducirlo a la extensión conveniente para ajustarse al tiempo que dispone. No se equivoque. Si pretendió mucho, abarcará poco, defraudando a quien lo escuche.

Por las razones expuestas, aconsejamos en forma de premisa:

LIMITE SU TEMA

La conferencia, o su bosquejo en ideas debe escribirse según hemos visto en el capítulo de planeamiento. Entonces viene el momento de practicarla, leyéndola primero en voz alta y repitiéndola después con sus palabras, según el orden establecido. Sincronice en ese momento si su trabajo se ajusta al tiempo previsto. No olvide calcular los minutos que lleva el uso de los apoyos visuales.

A propósito de esto, tengo como muy grato el recuerdo de una conferencia que nos dio el Dr. Elías Alterman hace unos años. Cuando hablé con Alterman para invitarlo, le conté de nuestro curso de oratoria, y le anticipé que íbamos a evaluarlo con nuestro "score" para rescatar todo lo positivo que seguramente sacaríamos de la forma de desarrollar su plática. Lo que ocurrió fue que este eximio docente trajo su charla tan organizada y clara, que cuando promediaba la misma proyectó entre sus diapositivas una que decía "mitad de la conferencia", e hizo la aclaración que como sabía que estábamos juzgándolo quería ajustarse estrictamente al tiempo que se le había asignado.

Esta simpática ocurrencia de Alterman nos permitió comprobar con cuánto respeto y dedicación había preparado el tema "radiología ósea", que fue por otra parte, el mejor ejemplo de elocuencia didáctica que recibimos en todo el año.

Según hemos visto, la conferencia consta de tres partes: introducción, cuerpo y conclusiones. Como veremos, cada una de ellas es igualmente importante, aunque se le destine diferente tiempo cronológico. La introducción y las conclusiones juntas, son de corta duración, mucho más breves que el cuerpo.

Es necesario tener presente que quien vino a escucharlo cerrará su mente en el tiempo previsto. Todos tenemos mucho que hacer. Nuestro tiempo está casi siempre cronometrado, y si disponemos de 19 hs. a 20 hs. para escuchar una conferencia, a las 20,05 hs. empezaremos a preguntarnos a qué hora se callará el disertante y si no será mejor retirarse subrepticiamente del salón. Aunque no lo hagamos, estaremos ya mal predispuestos para atender. Y probablemente perderá el orador a su público en el momento tan importante de las conclusiones, cuando se dispone a redondear su conferencia, puntualizando las premisas de real y positivo valor, extraídas de las ideas desarrolladas.

Si debe terminar a las 20, cierre su conferencia cinco minutos antes, sorprenderá agradablemente a su auditorio, y lo encontrará complacido de participar en el tema, aportando su inquietud y su experiencia.

Cualquiera de nosotros puede recordar excelentes conferencias que nos dejaron con ganas de seguir escuchando. Y seguramente nos olvidamos otras disertaciones interminables, en las que parece que el orador va a concluir cuando realiza una pausa y resulta que no es así, que continúa sin mirar el reloj, martirizando a los pocos oyentes que no abandonan la sala por un principio de elemental delicadeza.

Una buena práctica será que el disertante coloque sobre la mesa su reloj para controlar la duración de la conferencia, teniendo cuidado de consultar con toda discreción, para terminar la exposición en el tiempo previsto.

También es cierto que hubo oportunidades –las menos– en que nuestros invitados ajustaron tan mal su tiempo, que se les acabó el tema a los veinte minutos en una conferencia prevista para una hora. Pocas veces me sentí tan mal como organizador del curso. Me imagino cómo se habrán sentido ellos sin nada más que decir, cuando los más rezagados acababan de sentarse.

El ajuste del tiempo significa eso, ni más ni menos. Justamente lo que estaba programado y esperado.

Cuando Michael Aun ganó el premio mundial de disertación pública que otorga Toastmaster International de Vancouver en 1978, habló de su descalificación previa en Toronto el año anterior, porque se excedió ¡8 segundos! en el tiempo asignado. Sin embargo aceptó humildemente su derrota anterior al recibir este premio con una frase muy lograda: "He tenido que pasar por Toronto para llegar a Vancouver".


CONCLUSIONES


La experiencia de un orador es más notable en el comienzo y en el final de una conferencia. Sin duda son los momentos más importantes y más difíciles, y también los más descuidados por los inexpertos.
Un final debe ser preparado con tiempo.
Dejémoslo como premisa.


EL SILENCIO FINAL TAMBIEN SE PREPARA


Esta frase que no es mía, sino de uno de los autores consultados, es de por sí muy elocuente. No se concibe que un orador termine sorpresivamente su discurso y se retire. Esto puede resultar tan desagradable como abandonar una reunión cortando una interesante conversación, sin despedirse.

En estos breves minutos de la conclusión se arriesga todo lo que pudo haberse logrado en la exposición. Lo que suele ocurrirle al orador inexperto, es que después de un gran esfuerzo de recopilación de datos y experiencia, y a veces de un correcto planeamiento de la conferencia, deja librado a la improvisación el cierre de la misma. Y es así cómo surgen los lugares comunes que deslucen y le restan merecido brillo a la tarea realizada. "Bueno, creo que no tengo nada más que decir …"; "Habría muchas cosas más que decir, pero no tengo más tiempo …", etc. O si no otras veces nos damos cuenta de que el orador terminó, por su mirada al director del curso o porque abandona la tribuna sin más.

En una conferencia bien elaborada, la conclusión debe llegar cuando el orador no tiene nada más que decir sobre el tema que se propuso abordar, y que concientemente ha limitado hasta agotarlo. El público también debe entenderlo así, aunque no se le anuncie que la conferencia ha terminado, y solo falta enunciar la conclusión.

Por la habilidad del orador debe estar implícito el fin de la conferencia, sin anunciarlo.


NO ES NECESARIO ANUNCIAR QUE TERMINA NUESTRA CONFERENCIA


La conclusión o peroración no debe ser larga. Su valor radica en su sencillez y claridad. Nunca debe dejarse para el final el aporte de un nuevo pensamiento accesorio o complementario. Lo que no se dijo en su momento no se puede decir en la conclusión.

Entiéndase. Esta parte tan importante de la conferencia merece especial dedicación y respeto. Debemos terminar nuestra conferencia completamente, y cuando ya nada quede por decir, es el momento de la conclusión. Al finalizar el desarrollo del tema, el orador deberá hacer una pausa, anunciadora de la peroración, y solo entonces decirla, teniendo cuidado que hasta el tono de su voz denote el cambio.

No hay reglas fijas sobre la forma de elaborar la conclusión. Con la conferencia terminada en toda su preparación, meditaremos el final apropiado, poniéndonos en el lugar de quien nos escucha, en sus intereses, en sus inquietudes, en sus emociones.

PARA ELABORAR LA CONCLUSIÓN, CONVIÉRTASE EN EL AUDITORIO


Vamos a considerar algunos ejemplos posibles de conclusiones
Puede ser resumiendo lo dicho.

Comenzar por el fin, y repetir todo al final. Este principio lo vemos permanentemente practicado por el periodismo moderno escrito o televisivo. Se comienza con el resumen de lo que se va a decir, en pocas frases, se desarrolla después ampliándolo y explicándolo, y se sintetiza lo dicho al final.

Muchos oradores, habituados a la expresión escrita, recusan la repetición. En la expresión oral es indispensable. Repita sin temor, con fuerza y se mostrará conciente y responsable, y ayudará a fijar en la mente de los oyentes las premisas de valor que usted considera importante recalcar.

a) Puede ser agradeciendo o elogiando con sinceridad.
Mucho de lo que aquí decimos no es más que un ejercicio de sentido común. Cuando hace casi cuarenta años me tocó viajar por la provincia de San Luis, en un plan de docencia para el tratamiento de la deshidratación, muchos de los médicos ya mayores que fueron a escucharnos, viajaron desde puntos muy distantes, por caminos difíciles y dedicándonos esas horas que podían ser de descanso de su fatigosa tarea de médico rural, a veces único en una vasta región. La conclusión de mis charlas fue una emotiva reflexión sobre el valor de su trabajo, y un sincero agradecimiento por haberme escuchado con atención y respeto.
Ahora, después de tanto años, recuerdo esto que no es más que un ejemplo de esta forma de conclusión que proponen los tratadistas modernos, y para la que solo se necesitó pensar en el auditorio, sus intereses, problemas y emociones.

b) Puede ser motivando a la acción.
Un final elaborado para llamar a la acción, lograr que el público haga algo determinado: una donación, la firma de un petitorio, la declaración de un plan de lucha, el compromiso de colaborar en un proyecto, etc.
Para motivar a la acción, debe haberse establecido primero un área emocional común entre el orador y su auditorio. En este tipo de conclusión no sirven los argumentos racionales que son útiles para la razón, pero no para la acción, que se motiva en los sentimientos. "El corazón tiene razones que la razón no comprende" (Pascal).


c) Puede ser con una cita o un ejemplo.
Sin duda esta idea es de valor. Naturalmente de acuerdo con las circunstancias, puede ser positivo el cierre de un discurso o de una conferencia con una frase vigorosa, una fórmula valiente o una cita elocuente a propósito del tema.

Dentro de mis lecturas sobre oratoria, hace poco tiempo –septiembre del 97– leí con detenimiento el libro del Profesor Manuel Couto Rodríguez, y reparé en unos esquemas sobre intensidad comunicativa, que me parecieron muy interesantes.
Dice Couto Rodríguez:
"La intensidad es como una música de fondo oculta en la composición de su discurso, que imprime dinamismo a su intervención".

El primer ejemplo es claramente desaconsejable.
En el segundo ejemplo se imprime un grado de intensidad medio - alto en la introducción. Frases vivas, cortas, importantes (Shock técnico).
Se realiza una pausa.
Al iniciar el cuerpo de la disertación la intensidad disminuye. Ya tengo conmigo al público interesado en el tema. Bajo el tono, disminuyo el ritmo. Pretendo la concentración, pero evito el agotamiento de una atención extrema.
Observe en el tercer diagrama que en la línea de intensidad en que se desarrolla el cuerpo hay unas cuñas (banderines). Rompen el ritmo y despabilan a los oyentes. Puede ser una anécdota simpática o un dato espectacular, nuevo o revelador.
Intente sorprender al público.
Acto seguido se retoma el ritmo anterior.
Y en el desenlace se sube al punto más alto de intensidad, notable hasta en el tono de voz, los gestos, las frases cortas contundentes y brillantes.
Afirma Siegfried: "Hace falta mucho arte para terminar con una fórmula que resuene netamente como una puerta al cerrarse".
Esta es sin duda la manera más profesional y efectiva de comunicar un mensaje. Pero se necesita mucha práctica y experiencia.
El esquema número dos es también válido y más sencillo.
Se empieza con una introducción de intensidad media - alta.
Continúa con una intensidad media - baja.
Finaliza con una intensidad similar a la de la introducción.
Este esquema es más fácil, pero menos espectacular. Recomendable para el principiante.
Como se puede observar, va "in crescendo".
Empieza con una intensidad media, y al final alcanza el nivel más elevado.
Es el esquema más difícil, y requiere mucha práctica y ensayo. Es más para una actuación que para una disertación.
El último esquema es el que debe evitarse.
La exposición que sigue este esquema se presenta sin fuerza. Se desarrolla con monotonía, y termina sin entusiasmo. Está en contra de todas las reglas de la oratoria actual. Pasó sin pena ni gloria. Nadie será capaz de recordarla. 

Como puede verse la importancia de la introducción, el cuerpo y la conclusión es similar; pero la asignación en tiempo es totalmente distinta. Por lo tanto la elaboración de la introducción y las conclusiones (solo el 20% del tiempo) deben ser especialmente cuidadosas. Debe aprenderse casi de memoria, concientizando según hemos visto en los esquemas, la importancia psicológica que poseen. Hay una máxima antigua, que tiene plena vigencia en oratoria contemporánea:


Discurso mediocre + buen final = buen discurso
Buen discurso + mal final = mal discurso

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