Dimensiones
principales de la comunicación intercultural
Luisa Martín Rojo - Universidad Autónoma de
Madrid
Los
cambios económicos y tecnológicos que ha traído consigo la globalización han
hecho cada vez más frecuentes y más
cotidianas las situaciones en las
que la comunicación se establece entre
personas que no comparten la misma lengua o variedad de lengua, que son
originarias de países diferentes, que coinciden, pero que pueden también
diferir en valores, actitudes, usos y costumbres. Dado que nuestra vida social
es eminentemente comunicativa y dado que la comunicación no siempre fluye con
facilidad -no siendo extraño que en consecuencia se produzca cierto malestar en
los hablantes o que surjan pequeños malentendidos o, incluso, conflictos-, estas situaciones de intercambio comunicativo
a través de las culturas han despertado en las últimas dos décadas el interés
de la antropología lingüística y de algunas ramas de la lingüística, como la
sociolingüística y la pragmática contrastiva. Los contextos a los que se ha
atendido han sido, especialmente, el
mundo laboral, los negocios, la escuela, los servicios públicos, y, por
supuesto también, el ámbito académico.
La
comunicación intercultural es, sin embargo, un fenómeno complejo en el que
interaccionan factores de distinta índole, por ello, su estudio demanda planteamientos
interdisciplinares y no reduccionistas. El objetivo de este artículo es,
precisamente, mostrar esa complejidad.
1. La dimensión comunicativa
El
primer aspecto que debemos atender en este estudio es la dimensión comunicativa
o lingüística (siempre que este último término se entienda en sentido
amplio). Al igual que otras prácticas
sociales, las prácticas comunicativas se regulan socialmente. Es precisamente,
por el papel constitutivo de otras
prácticas sociales, que cada comunidad organiza sus intercambios comunicativos,
de manera que se establecen normas acerca de cómo hablar, cuándo hablar, quién
puede hablar, de qué y con quién (piénsense, por ejemplo, en cómo podrían realizarse
sin intercambio comunicativo prácticas sociales como administrar justicia,
enseñar, legislar, o practicar la medicina).
Cuando
aprendemos una lengua adquirimos también estos conocimientos (competencia
comunicativa), de manera que ante una situación dada, sabemos qué es lo que
normalmente se espera en ese contexto y ello nos guiará a la hora de optar por una lengua, por una variedad y unos usos
determinados (así, por ejemplo, en el
caso de la comunicación en el aula, es posible que nos inclinemos por la
selección de temas académicos en lugar de personales, por exponerlos de una
determinada manera, por dirigirnos al profesor con unas formas y no otras, por
respetar su derecho a mantener el turno de palabra, etc.). Si comparamos
distintas comunidades, encontraremos coincidencias en el abanico de opciones,
sin embargo, también se registrarán diferencias, por ejemplo, a la hora de
marcar con mayor o menor intensidad la autoridad de los hablantes o a la hora
de mostrar respeto, de hacer más o menos fluida la toma de turnos, y a la hora
de utilizar unas determinadas estrategias argumentativas, de persuasión y de
disciplinamiento en el aula. Tal diversidad es, por tanto, un ejemplo más de la
creatividad humana y una fuente de enriquecimiento de los procesos de
comunicación. Sin embargo, el tratamiento que de ella se hace es muchas veces
controvertido y fuente de exclusión o dominio, ya que, por lo general, se valoran y se priman unos
usos y se rechazan o se malinterpretan otros.
De hecho, en situaciones de contacto entre comunidades y grupos
sociales, suelen imponerse las formas y los modos de la mayoría, o de aquellos
grupos sociales con mayor poder y prestigio social. Basta pensar en lo que
sucede hoy en los foros académicos en los que, tanto en las publicaciones de
ámbito internacional como en los congresos, no sólo se ha impuesto el inglés
como lengua franca, sino también los usos retóricos y la definición anglosajona
de qué es y cómo deben ser los artículos y las contribuciones científicas. De
manera que la riqueza que en sí supone la diversidad, si se utiliza de forma
restrictiva y sesgada, puede dificultar
e, incluso, bloquear el acceso de determinados colectivos a ámbitos sociales
relevantes. Por ejemplo, solo los parlamentarios pueden intervenir en los
debates parlamentarios, si bien varían las condiciones de acceso concretas que
en los distintos países han de cumplir
los individuos y grupos sociales para alcanzar esta condición. De ahí, la excepcionalidad y el acontecimiento que
supuso para la vida parlamentaria mexicana el discurso de la Comandanta
Zapatista Esther ante el Congreso Mexicano, que si bien intervino en la única
lengua permitida en ese ámbito, el español,
en lugar de en su lengua, lo hizo vestida como una mujer indígena y
evocando la retórica y los conceptos a los que ha dado lugar este movimiento
(véase, por ejemplo, Carbó, 2002).
Pero dejemos por un momento esta gestión y selección social de los usos comunicativos, para centrarnos en cómo se concretan estos usos lingüísticos diferenciados. Entre los aspectos que se han estudiado destacan, por ejemplo: cuán personal o impersonal se puede ser en un determinado contexto; cómo enfatizar o cómo pasar por alto algunos aspectos; cuán directo se puede ser a la hora de relacionarse con los otros (sobre todo a la hora de mandar o sugerir); cuán explícito se puede ser al abordar cuestiones personales; cómo exteriorizar emociones; qué tono de voz, qué ritmo, qué palabras elegir; cómo utilizar los turnos de palabra o ceder la palabra, etc.
Por
ello, cuando los hablantes cambian de lengua o de país, tienen que enriquecer
también su saber comunicativo. De lo contrario, puede ocurrir que se enfrenten
a situaciones comunicativas semejantes, pero que se regulan de forma diferente. De hecho, el
desconocimiento mutuo de la forma de conversar del otro, y sobre todo, la falta
de consideración de que tales diferencias existen puede dificultar la comunicación cuando interaccionan personas
que no pertenecen a la misma comunidad de habla o que hablan distintas lenguas.
En
ocasiones, la dificultad provienen de que al cambiar de lengua o país, las
personas se enfrentan a situaciones que son nuevas por completo, y con
frecuencia, además, de vital importancia y en las que el buen hacer
comunicativo tienen un papel decisivo. Piénsese, por ejemplo, en la situación
que afrontan los demandantes de asilo, cuando tienen que rellenar un formulario
cuyo contenido está reglamentado, pero en el que se da por sentado que se
ha de exponer, argumentar, justificar de
una manera determinada y no de otra.
Ejemplo 1
La
solicitud se formalizará mediante la cumplimentación y firma del
correspondiente formulario por el solicitante, que deberá exponer de forma
detallada los hechos, datos o alegaciones en que fundamente su pretensión.
Junto con su solicitud deberá aportar fotocopia de su pasaporte o título de
viaje, del que hará entrega si su solicitud es admitida a trámite, así como
cuantos documentos de identidad personal o de otra índole estime pertinentes en
apoyo de la misma. Si el solicitante no aportase ningún tipo de documentación
personal deberá justificar la causa de dicha omisión. (Reglamento de Aplicación
de la Ley de Asilo).
En
estos casos, desconocer cuáles son las expectativas de quien va a decidir sobre
la solicitud constituye una dificultad añadida. Sin duda, el hablante se
preguntará cómo responder en una lengua diferente (si es que no cuenta con un
traductor, los cuales con frecuencia no ha sido sensibilizado acerca de las
diferencias interculturales), cómo argumentar
para que una solicitud sea considerada justificada, y en este sentido, qué es
posible o conveniente revelar de la vicisitudes personales (se puede aludir a
la situación familiar, o sólo a los aspectos más documentados de la represión
política), a qué es necesario apelar (a la solidaridad, al estatus que se tenía
en el país de origen, etc.), y por último, cómo se han de exponer todo ello
(dejando lo más importante para el final o el contrario empezando por ello).
Todo ello, generará dudas y se realizarán algunas elecciones que no serán tan
eficaces como se quisiera.
En
otros casos, la dificultad reside en que a un mismo uso, los hablantes
pertenecientes a diferentes comunidades pueden atribuirle distinto valor,
guiándose por sus conocimientos comunicativos. Así ocurre, por ejemplo: con el
uso de un imperativo (“dame un cigarro”, sería una forma usual entre los
hablantes españoles, pero si nuestro interlocutor es británicos, esperará una
forma indirectas de tipo: “can I have” a
cigarette”, por lo que el uso del imperativo puede ser vivido como impositivo y descortés); o con el tono de voz
(el peninsular, por ejemplo, muy elevado para los oídos mexicanos, pueden fácilmente ser interpretado como
autoritario o enfadado); con la distancia interpersonal (la más habitual en
España, en situaciones sociales de no intimidad, será con probabilidad sentida
como excesiva si nuestro interlocutor es finlandés); y lo mismo ocurre con las
confidencias (aspecto muy delicado de la cortesía, por el que una pregunta cortés,
por ejemplo, entre personas que sólo se conocen, acerca de si se ha disfrutado
el fin de semana, puede resultar invasiva y, por tanto, descortés, si nuestro
interlocutor está acostumbrado a una cortesía, como la más habitual en el norte
de Europa, que marca la distancia como un forma de asegurar el respeto a la
esfera personal del individuo), etc.
Estas
diferencias en sí no presentan grandes problemas para los hablantes. Pero,
además, tenemos que tener presente que los hablantes se guiarán por sus conocimientos
comunicativos, es decir, por lo que es habitual en sus comunidades, no
sólo a la hora de usar, sino también a la hora de interpretar los que otros
hacen, y ello, pueden llevarles, incluso, a realizar algunas inferencias sobre
la situación comunicativa, que pueden no corresponderse con la intención de su
interlocutor: por ejemplo, acerca de cuáles son sus objetivos, cuál es la
intención del otro, en qué tipo de interacción se encuentran comprometidos,
etc. Por lo tanto, los usos distintos y el valor diferencial que se les
atribuye pueden configurarse en fuente de malentendidos entre hablantes
pertenecientes a distintas comunidades. Así, una investigación precedente, dirigida por la
autora, en los centros de educación de Madrid mostró cómo la elección por parte
de un profesor o de los alumnos de un
tono o un léxico informal en el aula, puede llevar a quienes están
acostumbrados a una mayor formalidad, a interpretar que se encuentran ante una
situación frívola y no una verdadera actuación docente (Martín Rojo et al.
2002).
Son
numerosos los trabajos que en la década de los 80 mostraron cómo en las
diferentes comunidades lingüísticas se produce una diferente regulación de la
comunicación, que da lugar a comportamientos inferenciales distintos que
producen malentendidos comunicativos. Hoy este es un campo muy activo de
investigación (entre otros, Wiercbicka 1991, Scollon y Scollon 2000).
Tenemos
que tener presente que en la comunicación son muchos los significados que no se
formulan explícitamente, pero que se dan a entender. Nuestro interlocutor
tratará de recuperar estos significados implícitos, guiándose por lo que se
dice, más todo sus conocimientos acerca del contexto y acerca de lo que suele
ocurrir y puede esperarse en una situación equivalente. Estos procesos de
inferencia tienen lugar a diferentes niveles, vinculados: a) a la gestión de la
información (con lo que se distingue qué información es central y cuál es
subsidiaria, por ejemplo), b) a las relaciones sociales entre los interlocutores
(ya sean de distancia o proximidad; o remitan a las diferencias de
poder-igualdad), c) a la propia situación comunicativa (en qué tipo de
acontecimientos se encuentran inmersos los interlocutores y qué cabe esperar).
En todos ellos, los supuestos culturales acerca de qué comportamientos
comunicativos son esperables pueden ser fuente de confusión para los hablantes
(Gumperz. y Roberts, 1979). Veamos el
ejemplo 2, en el que los hablantes manejan distintos supuestos acerca de cómo,
a la hora de regular el comportamiento de los alumnos en clase, se han marcan las diferencias de autoridad
en clase.
Prof.
(en clase, de secundaria): nos callamos, nos callamos, no va a haber concurso
hoy, no va haber concurso. (Grabación de
A. Garí y L. Miranda, 2001)
Esta
forma atenuada de orden, que hemos encontrado con mucha frecuencia, sobre todo
entre profesoras, responde a un patrón
de cortesía en el que a la hora de regular el comportamiento del otro se marcan proximidad y cercanía, y no hay
deslindamiento (“nosotros nos callamos”
frente a “ustedes/vosotros”) y no se enfatizan las diferencias de poder
(“cállense”). La frecuencia con que se utilizan forma atenuadas, quizás
paternalita de ejercer la autoridad, está, sin duda, influida por la tendencia
observada en la cortesía española a no enfatizar (escamotear) las diferencias
de poder entre los interlocutores y a acortar las distancias (“nosotros” frente
a “ustedes”). Esta tendencia parece verse acrecentada entre las mujeres, por su
todavía relativamente débil posición
social. Se trataría simplemente de una forma de gestionar unas diferencias de
poder que de hecho existen, como vamos a ver en el ejemplo 3.
Ejemplo
3
-
Prof.: Vamos a ver, empieza y tu misma a leer, Irene. Léelo, bueno, Irene,
siempre lee con voz muy bajita pero hoy lo va a leer un poquito más alto para
que se la oiga bien. A ver, silencio religioso, ¿vale?
[Ibrahim
no cesa de hacer ruido]
-Ibl.:
Aaamén
-Prof.:
te vas a ir a jefatura por gracioso, no, no, que sí te vas a ir a jefatura,
como un loco además, ahora mismo te voy a poner una falta en tu libreta por
hacerte el gracioso, donde está tu libreta (Grabación de A. Garí y L. Miranda,
2001)
Este
ejemplo muestra cómo los hablantes han de conocer que estas estrategias
comunicativas que atenúan las diferencias de poder y acrecientan la cercanía
profesor-alumno, no anulan tales diferencias, que, como vemos, al final se
imponen. Y lo que podía parecer una forma “blanda” o tolerante de imponer el
silencio necesario, en realidad, no lo es, a pesar que pueda parecerlo si
estamos acostumbrados a formas menos coloquiales o más imperativas.
Desde
el punto de vista comunicativo, este tipo de malentendidos son casi siempre
superables, siempre que domine la voluntad de comunicarnos. Sin embargo,
ocasionalmente, pueden requerir una intervención especializada que haga
explícita la diferencia cultural y facilitar la comunicación. Sin embargo, la
experiencia nos muestra que la situación suele complicarse y ello se debe a la
interferencia en la dimensión comunicativa de otras dimensiones relevantes.
Las
últimas investigaciones sobre comunicación intercultural muestran la incidencia
que sobre estos malentendidos tiene el etnocentrismo: al tiempo que se
subestiman las diferencias en la forma de conversar de las comunidades, se
asume con frecuencia que los propios comportamientos son los “normales” y
“lógicos”. Y cómo estas diferencias en
la forma de comunicarse reflejan valores culturales diferentes o, al menos,
jerarquías de valores diferentes (por ejemplo, individualismo frente a
colectivismo). Sin embargo, los hablantes pocas veces somos conscientes de
ello, a menos que hayamos desarrollado una competencia comunicativa
intercultural. Al contrario, la falta de
entendimiento o incluso los malentendidos no suelen percibirse como el resultado de “modos de hacer”
distintos, sino de “formas de ser”. Así,
frecuentemente, los malentendidos interculturales son interpretados como
fallos de la competencia comunicativa del otro (por lo general, de quien se
encuentra en posición de minoría o de subordinación), por pueden utilizarse
como “evidencias” por las que se refuerzan estereotipos negativos o se
justifica la exclusión social.
2.
Dimensión psicosocial
Esta
es segunda dimensión que vamos a estudiar y a la que acabamos de referirnos, la
dimensión psicosocial. Cuando nos comunicamos no sólo intercambiamos
información, sino que también negociamos nuestras relaciones con los otros,
construimos la propia identidad y la de los otros, transmitimos una imagen
propia y percibimos la de nuestros interlocutores. Es difícil, por tanto,
comprender lo que sucede en los procesos comunicativos sin atender a estos
aspectos psicosociales.
Son,
precisamente, los estereotipos que tenemos acerca de nuestros interlocutores
los que pueden atenuar o exagerar la importancia de un “modo de hacer”. Por
ejemplo, la interpretación del volumen y el tono de voz usual en la península
no sería tan rápidamente interpretado por los hablantes latinoamericanos como
un modo de imposición y dominación, de no ser por la imagen que del español ha
emanado de un pasado de colonización y explotación. Como ya hemos señalado, en
la interacción comunicativa, la “forma de hablar” suele ser interpretada como
una “forma de ser”, por lo que los estereotipos son evocados y reconfirmados
sin cesar.
Y
es precisamente la voluntad de agruparse o distanciarse de otros, la que
explica por qué la sintonía o la mala comunicación desempeñan un papel tan
relevante a la hora de distinguir entre “nosotros” y “ellos”, diferenciado
entre endo y exogrupo. En el ejemplo 4, vemos cómo esta voluntad alcanza a explicar lo que
ocurre en la comunicación y, a su vez, se ve influida por ella. Este ejemplo está tomado de la misma clase a
la que ya nos hemos referido, en la que la profesora utilizaba un juego para
trabajar un género textual, la descripción. El juego consistía en que cada
alumno realizara una descripción anónima de sí mismo, atendiendo a aspectos
físicos y de carácter, y luego pasara esta descripción a otra persona que había
de leerla en alto, mientras que los demás tenían que adivinar de quién se
trataba. Algunos compañeros, como ocurre en el ejemplo siguiente, se saltan esa norma y en lugar de describirse
a sí mismos, describen a un tercero, ocasión que aprovechan para meterse con él o ella.
Ejemplo
4
A-Yo
tengo el pelo corto, ojos cafeses, orejas largas (risas), pantalones apretados (...)
M-
Es Cristian
Ir-
Es Luis
Prof.:
Y en qué lo has notado
Ir.:
Ummm, eh, en lo de cafeses
Prof.:
Muy bien, y eso qué te parece
Ir.:==
que es de Perú(:::)
Prof.:
Cómo diríamos ojos color cafeses?
A.:
== Achinaos
Ir.:==
Marrones
(...)(Grabación
de A. Garí y L. Miranda, 2001)
Comprobamos
aquí cómo entran en juego los prejuicios
y cómo son parte de la construcción de una imagen irónica, pero también
negativa, del otro. En este caso, se da implícitamente un deslindamiento, entre
“nosotros” y “ellos”, que se pone de
manifiesto en la evocación de unos rasgos físicos que se viven como diferentes
y que remiten, a su vez, a estereotipos, los cuales no pueden obviarse si
queremos explicar el malestar que pueda surgir entre los interlocutores. Esta proyección sobre la dinámica
conversacional se ve aún más clara en el siguiente ejemplo. Se trata de una
entrevista laboral, en la que un candidato, originario de Pakistán, compite con
otros candidatos británicos, como los examinadores. El puesto que solicita es
de bibliotecario en una Facultad.
Ejemplo 5[1]
P.:
Entonces, entre 1957 y el periodo en el que estuvo en Ealing, de hecho usted no
tuvo contacto con el mundo académico?
R.:
No realicé trabajo académico. Ustedes deben tener en cuenta que durante quince
años trabajé en fábricas, y lejos del trabajo académico. Seguí el mismo curso,
aprobé los mismos exámenes que otros estudiantes ¿verdad? que acaban de
licenciarse en este país. Ellos aprobaron el mismo examen. Yo aprobé el mismo
examen. Cuatro exámenes escritos de tres horas cada uno, y hice el mismo curso.
P.:
Por qué, en esa época, no pensó en seguir un curso de biblioteconomía antes?
R.:
Bueno, no tuve oportunidad. No había ninguna oportunidad.
P.:
¿Por qué no, Sr. Sandu?
R.:
Bueno, quizá por los prejuicios, tal vez... Siempre que intentaba conseguir un
trabajo que no fuera manual, me respondían “lo siento, pero no”. No sé. (Tomado de Gumperz. y Roberts, 1979)
La
insistencia, por parte de los
examinadores, en el alejamiento del señor Sandu del ámbito académico, es
interpretada por él como un señalamiento de un rasgo desacreditador y negativo
para su selección. Mientras que, para él, este es, precisamente, el rasgo que
mayor valor del confiere: haber salido
adelante, a pesar de las dificultades derivadas de la migración, que le han
llevado a trabajar en una fábrica durante el día y estudiar por la noche. De
ahí su respuesta, en la que insiste en que él ha recibido la misma formación.
De tal insistencia puede inferirse que, a pesar de tener idéntica formación, no
está recibiendo idéntico trato. Así, en su última intervención hace referencia
explícita a la existencia de prejuicios, como posible explicación de por qué ha
vivido una situación de exclusión social, en un ámbito laboral equivalente al
que ahora quiere acceder. Sus examinadores interpretan ambos elementos como
acusaciones veladas de racismo, y la interacción deriva en conflicto.
De
manera que, esta dimensión psicosocial no sólo puede explicar los orígenes de
ciertos conflictos en la comunicación, sino que, dependiendo de cómo se maneje,
puede acrecentar las diferencias y tener consecuencias sociales, además de
comunicativas, para los individuos.
Estas
diferencias hacen que los distintos modos de comunicarse se conviertan en
mecanismos de diferenciación y exclusión social dado que ciertos hablantes
están legitimados socialmente para imponer sus formas sobre otras. Más allá de
que los hablantes mantengan estereotipos y de que usen la comunicación para
afiliarse o separarse, lo que es relevante, en este contexto, es que esas
diferencias sirven para legitimar el poder
de ciertos grupos de hablantes y la exclusión social de otros (la noción
de mercado lingüístico de Bourdieu, y las aplicaciones que de ella se han
hecho, explican este proceso).
De
hecho, las situaciones de comunicación intercultural que mejor conocemos son
aquellas presididas por la asimetría y las diferencias de poder. Por ello, los
cambios en los patrones comunicativos asociados a los fenómenos migratorios han
sido objeto de estudio prioritario de este campo de investigación.
Si
nos situamos en el nivel macrosocial, rara vez encontramos políticas coherentes
de transformación de nuestras sociedades, en las que se observan las
consecuencias del cada día mayor desnivel económico entre el norte y el sur, y
en las que ha aumentado la movilidad y en las que, por otro lado, se trata de
sacar partido de esta movilidad tratando de obtener mano de obra barata. A pesar de ello, y a
pesar de la incorporación de trabajadores extranjeros, no se observan políticas
transformadoras que tengan por objetivo la integración de la diversidad
cultural, lingüística y religiosa. Por lo general y, en parte, como resultado de
las tensiones sociales, de las reivindicaciones y del compromiso social, por
parte de los colectivos de migrantes y de las fuerzas políticas y movimientos
sociales que demandan la universalidad de los derechos fundamentales,
encontramos actuaciones parciales y la creación de servicios dirigidos
específicamente a los inmigrantes y no al conjunto de la sociedad. Este tipo de
políticas incide únicamente sobre el colectivo inmigrante que debe con su
esfuerzo incorporarse a los usos y formas de la mayoría.
Como
consecuencia de ello, las interacciones interculturales que encontramos se producen en contextos institucionales, en
los que los profesionales dan un servicio a un usuario que ha de contar con una
serie de conocimientos: expectativas apropiadas de lo que cabe esperar de estas
interacciones, conocimiento de la forma de llevarlas a cabo, de las normas y de
la lengua de la mayoría. En estos
contextos, las interacciones son siempre asimétricas, pero esta asimetría puede
incrementarse notablemente, y ello se refleja y reproduce en la comunicación.
Además, si estas interacciones culminan con la exclusión, con la negación del
acceso a servicios o beneficios, estas suelen “justificarse” o legitimarse
culpando a la víctima, y en ello los modos de hacer y o la falta de competencia
social del solicitante. Es en este tipo de instancias donde la actuación del
mediador-traductor intercultural puede ser fundamental para facilitar la
comunicación e integración.
Ejemplo 6: (Lugar: centro de ayuda al inmigrante)
Vol.:
¿vamos a ver tú me entiendes a mí el español?
Us.:
sí
Vol.:
bueno, ¿tú estás empadronado en Majadahonda?
Us.:
sí
Vol.:
bueno, pues me vas a hacer un favor
Us.:
hhh (asiente)
Vol.:
vais a empezar a decir que la correspondencia os la envíen a vuestra casa, a vuestro
domicilio porque aquí al final esto de recibir las cartas lo vamos a quitar
porque a veces no venís a por las cartas se pierden.
Us.:
Las tenemos aquí antes, ¿sabes?
Vol.:
lo sé de toda la vida esto ha esta aquí (...)
Us.:
antes aquí
Vol.:
bueno tú me estás entendiendo lo que yo =te digo=
Us.:
=sí, sí=
Vol.:
esto no es una norma mía eso me han dich=
Us.:
=xxx= pasa por aquí, ¿sabes?
Vol.:
que hagáis el favor de avisar que os escriban a vuestras casas, lo mismo en el
banco que en la seguridad social que en el trabajo que los amigos y que la
familia, porque la gente al final no venís a recogerlas. Se pierden muchas
oportunidades de trabajo porque la gente no viene a recoger las cartas y
entonces ...a los españoles nos escriben a nuestra casa pues a vosotros os
tienen que escribir a vuestra casa también, ¿de acuerdo? (ejemplo grabado por
G. La Madrid y A. Gómez, 2001, para el proyecto C-ORAL-ROM[2]).
En
este ejemplo, vemos cómo además de la dificultad derivada del idioma, se
utiliza el “argumento de la igualdad” (“como los españoles”) y se obvia la
diferencia; una diferencia social, en
este caso: a pesar de que estos trabajadores puedan estar empadronados (gracias
al apoyo y la residencia de otros ya instalados), ese no es necesariamente su
lugar de residencia, ya que pueden tratarse de recién llegados y cambiar de
vivienda con frecuencia. La idea de que para “integrar”, no hay que hacer
distingos, hay que tratar igual, se
encuentra muy afianzada, a pesar de que ello supone competir sobre la base de las
condiciones y valores de la mayoría, dándose una desigualdad de hecho.
Este
ejemplo refleja cómo la persona que atiende el servicio no se pone en el lugar
del otro, quizás por desconocimiento. No recoge, por tanto, que conviene, por
tanto, tener un lugar par recibir la correspondencia, entre la que se
encuentran cartas oficiales para la tramitación de la tarjeta de residencia y
ofertas de trabajo. Pero en esta dinámica conversacional no sólo vemos que esta
situación se obvia, sino que la diferencia lingüística y comunicativa (la
insistencia del usuario que no se va, y repite que antes sí, en una estrategia
propia de quien ocupa la posición del débil), revierte sobre la indefensión
social. Sólo la presencia de un mediador, o de un traductor-mediador, podría en
este caso evitar que los problemas que puedan surgir en una dimensión, en
especial la comunicativa, reviertan sobre la psicosocial, incrementando los
prejuicios, y sobre la dimensión social, incrementando las posibilidades de
exclusión social.
4.
El papel de la educación
Lo
visto hasta ahora nos muestra cómo únicamente
desplegando un panorama complejo y multidimensional podemos acercarnos a los procesos
comunicativos interculturales y reflexionar sobre cómo podemos intervenir en
ellos. Se evitan así simplificaciones que sólo reparan en las asimetrías
sociales o sólo en las diferencias culturales. Un marco complejo como este
puede contribuir a que, en situaciones concretas, se evite que las diferencias
en la manera de conversar o en los usos lingüísticos incrementen las distancias
sociales y justifiquen los procesos de exclusión social.
La
posibilidad de intervenir nos muestra la centralidad que en relación a todos
estos aspectos desempeña la educación. En primer lugar, y como se señalaba en algunos
de los ejemplos dados, la lengua y los usos lingüísticos pueden actuar como
cierre social, frenando el acceso a los servicios y a la educación. Si
trasladamos esta cuestión a la escuela, comprobamos cómo los materiales
docentes presentan, sus contenidos y actividades, no son idénticos en los
diferentes países y sistemas educativos.
Los profesores no somos siempre conscientes de que los contenidos, las
actividades, la retórica y los usos conversacionales son convencionales, y de
que en otra lengua y cultura pueden ser diferentes. Atender a estos aspectos,
incorporar nuevos contenidos a los currículos y nuevas estrategias pedagógicas,
es el camino a seguir para desarrollar modelos educativos integradores e
interculturales.
La
educación puede desempeñar, por tanto, en este ámbito un papel relevante. La
intervención en la educación puede crear un espacio en el que los hablantes
sean conscientes de las diferencias y de que les resulten enriquecedoras,
desarrollando así una competencia comunicativa intercultural. Por ello, hoy se observa una tendencia general a
aplicar una perspectiva comunicativa,
atenta a las diferencias culturales, en
la educación (véase, por ejemplo, Aikman 1999, Aitken 2000). Con ello, la
educación también sensibilizar y
preparar a los futuros profesionales a ejercer en un contexto social que ya no
está presidido por la homogeneidad.
Referencias
citadas:
Sin duda habrá que ser conciente de esta complejidad en el lenguaje, en las diferentes dimensiones mencionadas en el artículo. El mundo de hoy ya está y tiende aun más a globalizarse y a tener una mixtura de culturas que bien capitalizadas, pueden ser muy enriquecedoras. Quien mediante la educación sea capaz de desarrollar una competencia comunicativa intercultural podrá ser un buen comunicador.
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